Erin Brockovich (sí, esa Erin Brockovich) ha vuelto, y ahora lucha contra la construcción de nuevos centros de datos para IA
La activista que inspiró la película protagonizada por Julia Roberts ha vuelto, y esta vez su enemigo no es una eléctrica que contamina un pueblo, sino el auge de una industria global
Desde que, en 1993, ayudó a llevar a juicio a Pacific Gas and Electric Company (PG&E) por contaminar el agua subterránea de Hinkley, California —un caso que terminó en un acuerdo de 333 millones de dólares y que Hollywood convirtió en leyenda con el rostro de Julia Roberts—, miles de personas contactan cada año con Erin Brockovich para pedirle ayuda.
Pero, esta vez, el asunto que le preocupa no se limita a un municipio: los centros de datos que están devorando el territorio estadounidense para dar de comer a la inteligencia artificial. Como ella misma resume, “esto es como lo de Hinkley, pero con esteroides”.
El 27 de abril, Brockovich lanzó una petición sencilla en su web: si alguien tenía preocupaciones sobre un centro de datos cerca de su casa, que se lo contara. En apenas un mes ya había recibido 3.862 informes. Actualmente, su mapa —construido con base a esos testimonios y disponible en brockovichdatacenter.com— contabilizaba 33 centros de datos de IA ya operativos en Estados Unidos, 68 en construcción y 41 propuestos.
“La gente de a pie no debería ser la última en enterarse”
En su propio blog, Brockovich planteó la pregunta que da título a esta investigación: si los centros de datos son tan beneficiosos, ¿por qué se están construyendo en secreto? Según relata, el problema ya no es la tecnología en sí —“ese genio ya salió de la botella”, admite sobre la IA—, sino la opacidad con la que se levantan estas estructuras que muchas veces superan el kilómetro cuadrado de extensión.
Su plataforma nació, en sus palabras, porque el público no debería enterarse el último. Los testimonios recogidos hablan de un patrón nacional: residentes que se sienten silenciados, ignorados y excluidos de decisiones ya tomadas de antemano, muchas veces protegidas por acuerdos de confidencialidad (NDA) entre las promotoras y los gobiernos locales.
Un ejemplo que ella misma destaca es el de Richland Parish, Luisiana, donde Meta construye un campus de inteligencia artificial de más de 370 kilómetros cuadrados conocido como Hyperion, con un consumo eléctrico que superaría al de toda la ciudad de Nueva Orleans. Diane Cobb, vecina de la zona, contó a la radio pública de Nueva Orleans que se enteraron de la obra cuando ya estaban excavando, y que nadie les informó pese a que supuestamente hubo una reunión comunitaria de la que nadie tuvo noticia real.
Casos similares se repiten en Arkansas, donde Google construye lo que las autoridades estatales califican como la mayor inversión privada de capital en la historia del estado; en Memphis, donde Elon Musk convirtió una antigua fábrica en su superordenador Colossus en apenas 122 días y ya trabaja en una segunda versión con el objetivo de alcanzar un millón de GPU; o en Wisconsin, donde Microsoft ha invertido más de 7.000 millones de dólares en un centro que su vicepresidente, Brad Smith, describió como una “maravilla moderna” que se está levantando en el corazón del Medio Oeste.
Agua, ruido… y facturas que se disparan
El agua es, según todas las fuentes consultadas, el recurso más que genera más disputa: un estudio citado por Brockovich calcula que dos tercios de los centros de datos planeados en Estados Unidos se ubican en zonas ya golpeadas por la sequía. Los más grandes pueden llegar a consumir hasta unos 18 millones de litros de agua al día solo para refrigeración, el equivalente al consumo diario de 50.000 personas.
A eso se suman las facturas. Brockovich relata el caso de un residente cuya factura mensual de agua pasó de 22 a más de 350 dólares. ¿Por qué ocurrió eso? Sencillo, porque muchos sistemas municipales de EE.UU. cobran más por metro cúbico a medida que sube el consumo total del sistema, o suben la tarifa base cuando hay que invertir en más infraestructura (pozos nuevos, plantas de tratamiento, tuberías).
Así, si el consumo agregado de la zona se dispara por culpa del nuevo centro de datos, la factura de todos los usuarios —no solo de la empresa— puede subir, porque el coste de mantener el sistema se reparte entre los abonados. La activista, además, señala el impacto acústico constante de generadores y sistemas de refrigeración, algo que —a diferencia de la contaminación química que combatió en Hinkley— resulta imposible de ocultar: se nota desde el primer día.
Moratorias, demandas millonarias y una lucha desigual
El primer objetivo de Brockovich es lograr moratorias caso por caso mientras se exigen estudios de impacto ambiental y audiencias públicas reales. El problema es que, cuando los gobiernos locales intentan frenar un proyecto, a menudo se enfrentan a demandas multimillonarias por parte de las promotoras.
El caso más citado es el del condado de Hill, en Texas, donde los representantes locales, sorprendidos por la protesta ciudadana, votaron una moratoria de un año para detener la construcción de un centro de datos. La respuesta fue una demanda de 100 millones de dólares por parte de los promotores: el condado terminó por dar marcha atrás.
Pese a ello, hasta 79 municipios estadounidenses han aprobado moratorias… aunque muchas de ellas impugnadas judicialmente casi de inmediato. Ha habido pausas en Georgia, Maryland, Michigan, Carolina del Sur, Dakota del Norte, Pensilvania y Florida, mientras que en Maine una moratoria aprobada por el parlamento estatal fue vetada por la gobernadora demócrata Janet Mills.
No todas las historias terminan en derrota, eso sí: en Monroe Township, Nueva Jersey, la presión vecinal llevó a que el ayuntamiento aprobara en abril una ordenanza que prohíbe directamente los centros de datos en el municipio, después de que la promotora Hexa Builders viera rechazada su solicitud. Pemberton Township, en el condado de Burlington, había hecho lo propio meses antes, en lo que los activistas describen como la primera prohibición municipal de este tipo en el estado. Ahora varias organizaciones ecologistas promueven una moratoria a nivel regional en Nueva Jersey.
Brockovich sostiene que las empresas cuentan con que la gente del campo no se dé cuenta (no a tiempo, al menos) de lo que se está construyendo.
Una batalla desigual, pero no perdida
Brockovich es consciente de que se enfrenta a un rival de una escala muy distinta a la de PG&E en los años noventa. Ella misma lo admite: son fuerzas que disponen de todo el dinero, toda la inteligencia y toda la capacidad tecnológica del mundo. Aun así, insiste en que el sistema legal todavía proporciona un margen de acción.
También subraya que esta no es una batalla partidista. Aunque reconoce que los cambios de administración influyen mucho en el ritmo de estas causas, insiste en que la preocupación por los centros de datos atraviesa todo el espectro político.
El lobby de la industria tecnológica, mientras tanto, difunde un mensaje centrado en la creación de empleo, los ingresos fiscales y la expansión de la banda ancha, pero rara vez menciona el consentimiento comunitario, el impacto ambiental o el derecho de los vecinos a saber qué se construye junto a su casa antes de que se firmen los permisos.
La respuesta de Brockovich: organización, información y paciencia
Lejos de plantear esto como una cruzada contra la tecnología, Brockovich se muestra pragmática. Su hoja de ruta es clara: exigir primero un informe de impacto ambiental, preguntar cómo se piensa generar la energía necesaria y si se recurrirá a los recursos ya escasos de la zona, y después convocar una asamblea vecinal para que la comunidad tenga voz antes de que el proyecto avance.
Su mensaje final, más que una advertencia apocalíptica, es una invitación a la acción: asistir a las reuniones de las juntas de planificación local, preguntar a los responsables políticos qué sabían y cuándo lo supieron, exigir que se hagan públicos los acuerdos de confidencialidad si existen y reclamar los estudios de impacto ambiental y energético completos.
A sus 66 años, con seis nietos y bromeando con que ya se siente “demasiado mayor para todo esto”, Brockovich no oculta que esta podría ser su última gran batalla. Pero, como ella misma resume con una sonrisa, no piensa dejarlo hasta que termine.
Fuentes consultadas
Erin Brockovich, “If Data Centers Are So Great, Why Are They Being Built in Secret?”, The Brockovich Report (Substack).
“We’re up against forces that have all the money in the world”: Erin Brockovich on her battle against AI datacentres, The Guardian.
“Erin Brockovich is back, and now she’s taking on AI data centers”, FIRSTonline.
“Erin Brockovich’s new fight: AI data centers”, Deutsche Welle (DW).
Mapa interactivo de centros de datos: brockovichdatacenter.com




