Musk y Bezos quieren llenar el espacio de datacenters: los científicos están preocupados y piden ponerle freno
Diversas entidades piden a la FCC que pause las licencias hasta que se estudien sus efectos sobre la atmósfera. Los estudios disponibles muestran un riesgo real para la capa de ozono, aunque su magnitud final aún se desconoce.
El espacio exterior ya no es solo el terreno de los cohetes y los satélites de comunicación: también se ha convertido en el nuevo frente de la carrera por la inteligencia artificial. Así, SpaceX, Blue Origin y una oleada de startups —entre ellas Cowboy Space Corporation, fundada por el cofundador de Robinhood, Baiju Bhatt— han presentado ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC) solicitudes para desplegar en órbita baja lo que denominan “centros de datos orbitales”: constelaciones de satélites equipados con GPU capaces de ejecutar cargas de trabajo de IA directamente desde el espacio, aprovechando la energía solar sin restricciones y evitando los costosos permisos de construcción en tierra. Algunas compañías ya están solicitando los primeros permisos de prueba para ofrecer computación de IA en órbita.
Las cifras que manejan estas empresas son difíciles de asimilar. Solo entre las solicitudes presentadas ante la FCC, las compañías están proponiendo, en conjunto, más de un millón de satélites adicionales. Cowboy Space, por ejemplo, ha solicitado permiso para una constelación de 20.000 satélites bajo el nombre “Stampede”, con un primer lanzamiento previsto para dentro de un par de años. SpaceX ha planteado sus propios centros de datos orbitales recurriendo a retórica propia de la ciencia ficción espacial: la compañía asegura que esta infraestructura ayudará a “asegurar el futuro multiplanetario de la humanidad entre las estrellas”.
La petición que quiere frenar el despegue
El 8 de julio de 2026, la organización legal Earthjustice presentó una petición formal ante la FCC en nombre de tres organizaciones: DarkSky International, Public Employees for Environmental Responsibility (PEER) y Environment America. El documento no apunta contra ninguna empresa en particular, sino que apuesta por pedir algo más amplio: que el regulador ponga en pausa todo el sector emergente de centros de datos orbitales mientras elabora una Declaración de Impacto Ambiental Programática (PEIS), un mecanismo previsto en la Ley Nacional de Política Ambiental (NEPA) de 1969 para evaluar los efectos acumulativos de proyectos de gran escala.
El argumento central de la petición es que el marco regulatorio actual de la FCC —que trata las licencias de satélites como exentas por defecto de una revisión ambiental detallada— quedó pensado para una era de decenas o cientos de satélites, no para propuestas que hoy se miden en cientos de miles, y potencialmente millones. Según Tim Whitehouse, director ejecutivo de PEER, permitir un millón de centros de datos en órbita sin ninguna revisión ambiental no es solo irresponsable, sino imprudente.
Sin embargo, la petición no supone ninguna obligación automática para la FCC: no existe un proceso reglado para que la agencia responda a este tipo de solicitud, más allá de su deber general de considerarla en un plazo razonable. Earthjustice ha señalado que seguirá de cerca cada expediente individual mientras tanto, y que si la FCC comienza a otorgar licencias sin cumplir con la ley, es probable que el conflicto termine en los tribunales.
Lo que dice la ciencia
El punto de partida de las argumentaciones científicas contra esta clase de proyectos fue un estudio de la NOAA publicado en 2023 en la revista PNAS, que analizó partículas de aerosol estratosférico y encontró en ellas metales procedentes de la reentrada de satélites en la atmósfera: el primer indicio sólido de que la actividad espacial estaba dejando huella química en una capa de la atmósfera considerada, hasta hace poco, prácticamente virgen de contaminación humana.
A partir de ahí, la investigación se ha acelerado. Un equipo de la Universidad del Sur de California publicó en 2024 un estudio en Geophysical Research Letters que descubrió los óxidos de aluminio que se generan cuando un satélite se desintegra en la reentrada actúan como catalizadores de reacciones químicas que destruyen ozono estratosférico. Lo relevante es que estos óxidos no se consumen en el proceso, por lo que un mismo fragmento de aluminio puede seguir destruyendo moléculas de ozono durante décadas mientras desciende lentamente hacia capas más bajas de la atmósfera.
Los investigadores calcularon que, en un escenario de crecimiento sostenido de las megaconstelaciones de satélites, los subproductos de estas reentradas podrían superar las 360 toneladas métricas anuales.
En febrero de 2026, un equipo del Instituto Leibniz de Física Atmosférica en Alemania logró, por primera vez, vincular directamente un evento de reentrada específico —la caída descontrolada de un cohete Falcon 9 en 2025— con una pluma de contaminación detectable en la atmósfera superior, usando un sistema de lidar de fluorescencia de resonancia. Fue una confirmación empírica de algo que hasta entonces solo se había modelado teóricamente.
Un cielo cada vez más poblado
El crecimiento del número de satélites activos ayuda a entender la urgencia detrás de la petición: en 2015 había alrededor de 1.400 satélites operativos en órbita… pero poco más de una década después, la cifra ronda los 15.000, impulsada sobre todo por las megaconstelaciones de banda ancha como Starlink de SpaceX y el proyecto Leo de Amazon. Las proyecciones apuntan a decenas de miles de satélites adicionales antes de que termine la década, sin contar todavía los centros de datos orbitales propuestos.
A esta ecuación hay que sumar otro tipo de impacto menos discutido pero incluso más tangible: la contaminación lumínica. DarkSky International, una de las organizaciones detrás de la petición, advierte de que la proliferación de satélites podría alterar de forma permanente la visibilidad del cielo nocturno, con consecuencias tanto para la investigación astronómica como para ecosistemas que dependen de la oscuridad, incluidas poblaciones de insectos ya en declive.
Escepticismo técnico, no solo ecológico
Curiosamente, parte de la resistencia a estos proyectos no viene solo de organizaciones ecologistas, sino también de exfuncionarios del sector espacial que dudan de su viabilidad práctica. Antiguos responsables de agencias como la NOAA han expresado en privado y en declaraciones públicas dudas sobre si es realmente posible construir cómputo de IA en órbita a la escala que prometen estas empresas.
Los obstáculos técnicos son considerables: refrigerar servidores en el vacío sin el aire que se usa en la Tierra, darles mantenimiento sin acceso humano directo, y transmitir a la Tierra los enormes volúmenes de datos que procesarían. Eso no reduce, sin embargo, el riesgo ambiental de simplemente intentarlo: cada satélite lanzado, funcione o no como se espera, añade masa a la órbita baja y, eventualmente, contaminantes a la atmósfera cuando se desintegra.
Qué responden las empresas
Las solicitudes presentadas ante la FCC por las compañías interesadas dedican, según la propia petición de Earthjustice, muy poco espacio a la mitigación ambiental. Cowboy Space se limita a prometer que su constelación se diseñará para minimizar el impacto sobre la comunidad astronómica. SpaceX, por su parte, ofrece la promesa de desarrollar mitigaciones de brillo “líderes en la industria”, sin más detalle técnico. Ninguna de las solicitudes revisadas por la coalición demandante aborda de forma sustancial el destino final de los materiales que componen estos satélites una vez cumplan su vida útil, incluido el mercurio que algunos podrían liberar en órbita por un vacío regulatorio, según ha documentado PEER.
Qué pasará ahora
La pelota está en el tejado de la FCC. La agencia no está obligada por ley a responder en un plazo fijo, pero la coalición de organizaciones ha dejado claro que no piensa esperar de brazos cruzados: seguirá de cerca cada expediente individual y ha advertido que recurrirá a los tribunales si el regulador empieza a conceder licencias sin abordar antes la revisión ambiental que exige la ley. Mientras tanto, la carrera continúa: Cowboy Space ya ha recaudado más de 275 millones de dólares en su ronda Serie B y prepara su primer lanzamiento de demostración. SpaceX y Blue Origin avanzan con sus propios proyectos.
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